viernes, 26 de julio de 2013

Samaria

He escrito tanto que no sé si lo que voy a contar ya lo conté una vez -o dos, o tres-, pero da igual, el caso es que hace algún tiempo vino a nuestra agencia comarcal un chico de Gambia a quien le habían denegado la renovación de su permiso de trabajo por una deuda contraída con la Seguridad Social. Ascendía a unos doscientos y pico euros, si no recuerdo mal, una cantidad de la que no disponía pues llevaba sin trabajar varios meses. Nos explicó que subsistía gracias a la solidaridad de algunos amigos y, en un momento dado, se puso a llorar. Cuando el joven se levantó de su silla una señora mayor de Barbastro le sustituyó. Tras resolver la consulta que la había traído a nuestra oficina comentó que no había podido evitar ver cómo lloraba el joven negro, algo que le había conmovido. Nos preguntó el motivo de su desesperación y nosotros, preservando los datos más confidenciales, le comentamos muy por encima lo que había pasado. Ella dijo que quería pagar la deuda, que le dijésemos dónde debía ingresar el dinero; también nos pidió con vehemencia que todo aquello quedara en el anonimato más absoluto. Tras unos instantes de desconcierto le dimos un número de cuenta y al final de la mañana la buena señora regresó con un recibo que enviamos por fax a Huesca. La deuda de aquel desconocido había sido saldada y ya podía renovar su permiso de trabajo en España. Obviamente nos pusimos en contacto con él para comunicarle la buena noticia y se presentó en la agencia y nos rogó y suplicó la identidad de su benefactora. Sólo quiero darle las gracias, decía con los ojos húmedos e incrédulos, pero no podíamos incumplir nuestra promesa.

Hoy, conmocionado por la tragedia del terrible accidente ferroviario en Santiago de Compostela, recordé a aquella señora y lo que había hecho. Pensé en ella cuando los medios de comunicación señalaban la generosidad de los vecinos que en los primeros momentos de caos salieron de sus casas dispuestos a ayudar a sus semejantes sin pensárselo dos veces, enfrentándose con valor a situaciones traumáticas, dando consuelo a los heridos con el contacto físico de una mano o una voz amiga mientras esperaban la llegada de las ambulancias.

Como trabajo diariamente con personas, con seres humanos milagrosamente comunes y corrientes, esa información no me sorprendió: yo sé que la gente es buena, lo he comprobado muchas veces, lo cual no me conmueve menos ni disminuye mi pequeña pero palpitante esperanza.

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