viernes, 9 de agosto de 2013

El faro

Mi hermano gemelo y yo teníamos diez años cuando fuimos informados del nacimiento de nuestra hermana en la casa de mi tía Susana en San Sebastián. Ahora me doy cuenta del aspecto logístico de aquellas vacaciones -y de paso me pregunto dónde estaba nuestro hermano Carlos-, pero en su momento todo nos pareció de lo más normal porque llevábamos años pasando temporadas de verano en San Sebastián y en Irún, donde vivía mi tía Josefina, hermana de Susana y de mi madre.

Sé que mi fascinación por el norte (prados, helechos, mar, lluvia, nubes) proviene de entonces, de aquellos épicos viajes que ascendían remotos puertos de montaña donde pastaban caballos salvajes antes de descender carretera abajo hacia las ciudades industriales junto al mar. En aquel país todo nos parecía distinto, las viviendas tenían madera y moqueta, la leche era más sabrosa y cualquier lugar, hasta los solares abandonados o los montículos junto a la vía del tren, era un vergel de hierba fresca y verde, muy verde.

Nuestra playa o, para ser más precisos, la playa de mis tíos, era la de Fuenterrabía. Hasta allí se trasladaba por la mañana nuestra caravana de coches cargados de sombrillas, neveras portátiles, toallas y cubos de plástico donde mis primas mayores guardaban los cangrejos que atrapaban en las rocas del espigón. Al acercarse la hora de comer se recogían las cosas y los coches remontaban la sinuosa carretera que llevaba hasta el faro, un promontorio de tierra roja, prehistóricos helechos de hojas carnosas, hierba alta y la presencia permanente del mar. He soñado muchas veces con ese lugar.

Mientras los críos jugábamos por aquí y por allá, explorando el mundo, los mayores, entonces bastante más jóvenes de lo que yo lo soy ahora, preparaban la comida. Mi tío Miguel, esposo de mi tía Susana, era el maestro de las paellas y los calderetes. Azuzaban el fuego, bebían, fumaban, hacían bromas, reían. Si pienso en aquellos días la única palabra que inmediatamente brota en mi cerebro es felicidad.

El miércoles pensaba en todas estas cosas durante el entierro de mi tía Susana en el pequeño cementerio de mi pueblo. No hace tanto murió mi tía Milagros, y cuando los primos y demás familiares comentábamos esta triste coincidencia siempre alguien decía, con sentido común, que si nosotros ya vamos cumpliendo cincuenta o cincuenta y tantos es normal que nuestros padres y tíos se acerquen a la última -o penúltima- estación. El fallecimiento de mi tía Milagros fue una tremenda y desgraciada sorpresa pues nadie la esperaba, pero mi tía Susana estaba muy enferma, llevaba enferma muchos años y, como sucede tantas veces, el final fue casi un acto de misericordia.

Sí, es probable que tras bordear el Cabo de Hornos esté adentrándome en un nuevo territorio, un océano donde los recuerdos más lejanos regresan tras años de silencio. Ellos son nuestro tesoro, el regalo que nos hace la vida. Yo nunca olvidaré aquellos veranos en el faro, cuando no existía la enfermedad ni la melancolía, cuando mis padres y tíos eran más jóvenes que yo y todo era luz, mar Cantábrico y cielo azul.

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