jueves, 7 de noviembre de 2013

Ningún mástil

Mi mujer duerme en Zaragoza, sola en la gran cama de matrimonio frente al armario que compramos el otro día en Ikea. Mi hija hace lo mismo en Barcelona, no sé si en su pequeña habitación de la calle Provenza o en el dormitorio de Marc, al otro lado de la ciudad. Mi hijo duerme en su cuarto de la residencia de estudiantes a seis kilómetros de Huesca, rodeado de campos de maíz, labrantíos y rotondas de carreteras. Yo escribo. Lo hago por primera vez en mucho tiempo y las palabras brotan despacio, cada una sólida y rotunda, de modo tan distinto a cuando fluían como un arroyo de montaña. Pero ahora lo único que me preocupa es la armonía, la afinación. Cuatro cuerdas sin ningún mástil, sólo el tiempo, sus olas.

12 comentarios: