sábado, 30 de noviembre de 2013

Cabo de Hornos

Darme cuenta de que a pesar de la edad continúo viviendo en submarinos, barcos, naves estelares -cada puerta una escotilla, cada ventana un ojo de buey.

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Tu cálido cuerpo duerme aquí a mi lado, a salvo del intenso frío que barre las calles desiertas de esta ciudad que nunca imaginamos, y eso es todo lo que importa.

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Siempre somos los mismos, nada cambia, sólo se precipita.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Patatas

Decididamente a lo que más se parece mi cabeza es a una patata. Me quito las gafas, me aproximo un poco más al espejo del cuarto de baño y lo confirmo: mi cabeza es una gran patata de ojos pequeños, nariz de topo y barba desaliñada. Después me alejo, me pongo las gafas y, ya casi fuera del lavabo, veo en el espejo un hombre extraño, un señor al otro lado de la calle esperando el cambio de color en el semáforo, un vecino que sale del ascensor, un cliente aguardando su turno en la cola del supermercado. Si no fuese por el amor de quienes me quieren desaparecería del mundo sin siquiera darme cuenta, antes incluso de morir.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Mamparas

A partir de cierto momento uno comienza a sentir los dedos de los muertos alrededor de los tobillos bajo las olas gigantescas en la oscuridad de la noche antártica. La fragilidad de las mamparas. La sólida realidad del mundo en este lado.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Ningún mástil

Mi mujer duerme en Zaragoza, sola en la gran cama de matrimonio frente al armario que compramos el otro día en Ikea. Mi hija hace lo mismo en Barcelona, no sé si en su pequeña habitación de la calle Provenza o en el dormitorio de Marc, al otro lado de la ciudad. Mi hijo duerme en su cuarto de la residencia de estudiantes a seis kilómetros de Huesca, rodeado de campos de maíz, labrantíos y rotondas de carreteras. Yo escribo. Lo hago por primera vez en mucho tiempo y las palabras brotan despacio, cada una sólida y rotunda, de modo tan distinto a cuando fluían como un arroyo de montaña. Pero ahora lo único que me preocupa es la armonía, la afinación. Cuatro cuerdas sin ningún mástil, sólo el tiempo, sus olas.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Alegría de los hombres

Hace unos días, en pleno ensayo -era muy tarde, estábamos cansados- mis compañeros y yo cantábamos sin demasiada concentración la conocida cantata 147 de Bach, «Jesús, alegría de los hombres», una pieza que hemos interpretado decenas de veces, cuando nuestra directora nos detuvo, nos miró uno a uno con verdadero disgusto y dijo: «¿No os dais cuenta de lo que estáis haciendo? ¿Cómo podéis cantar con semejante monotonía una obra tan maravillosa? ¿No sois conscientes del inmenso privilegio que estáis disfrutando esta noche al poder interpretar una partitura de Bach por muchas veces que lo hayáis hecho antes?», y tenía tanta razón que me sentí avergonzado de mí mismo.

Vivir es tan normal para quienes caminamos por este mundo que a menudo, por no decir siempre, olvidamos lo verdaderamente extraordinario que es en realidad. Mañana amanecerá un nuevo día en este minúsculo planeta perdido en la inmensidad del universo y, presumiblemente, tú y yo estaremos aquí para contemplarlo. ¿No deberíamos celebrarlo mientras todo sea posible? ¿No deberíamos celebrarlo con agradecimiento, con alegría?

sábado, 19 de octubre de 2013

Fantasmas del futuro

El local donde canto con mi coro está en la misma calle de Binéfar donde viví durante muchos años hasta el pasado treinta y uno de agosto. Esta noche después del ensayo, al dirigirme al coche para acudir al Chanti a tomar una copa, he levantado la vista hacia nuestra antigua terraza del salón y he visto a un joven apoyado en la baranda fumando un cigarrillo. Sabía por el propietario de la casa que ésta se había alquilado pocos días después de nuestra partida a cuatro ingenieros contratados por una empresa del pueblo, pero sorprender a aquel hombre fumando pacíficamente en el balcón del que durante tanto tiempo fue mi hogar me ha desconcertado. De algún modo ha sido como contemplar un fantasma del futuro.

jueves, 10 de octubre de 2013

Grillos frente al mar

También aquí, frente al mar, cantan los grillos cuando llega la noche. Ha llovido hace unos minutos y el paseo marítimo brilla como cuero mojado a la luz de las farolas. Hay palmeras y, más allá de algunas conversaciones en las terrazas cubiertas por grandes toldos, puede escucharse el batir de las olas en la arena.

Maite y yo hemos venido a pasar dos días en un hotel frente al mediterráneo, regalo de mis hermanos pequeños por mi último cumpleaños. Serán nuestras únicas vacaciones durante este año de cambios y traslados y los gastos derivados de ellos: tal vez por eso las necesitábamos y las agradecemos tanto.

Ahora mismo escribo en el balcón de nuestra habitación. Una motocicleta circula frente a mi edificio pedorreando a una velocidad ridículamente inferior al volumen de su tubo de escape. La oscuridad se alza como un lienzo allí donde termina la arena, un lienzo donde brillan, lejanos, los múltiples y diminutos y flotantes puntos de luz de lo que yo imagino un gran crucero de lujo. Cantan los grillos. Alguien tose. A medida que el pueblo es inundado por la madrugada las olas se escuchan mejor.