lunes, 15 de abril de 2013

Las dos estaciones

Donde yo vivo no hay cinco estaciones, en este territorio a medio camino entre las montañas todavía nevadas de Los Pirineos y el desierto de Los Monegros sólo hay dos: invierno y verano.

A las tres de la tarde el termómetro del coche señalaba treinta grados, el aire acondicionado soplando a toda potencia. El calor ha regresado y con él quedan atrás las cálidas chaquetas viejas de lana y las infusiones calientes, atrás quedan las noches de lluvia acunado por su golpeteo en la claraboya, los pantalones gruesos, las botas, el campo cubierto de hielo, el gozo agradecido -no el sufrimiento- de ser un mamífero de cuerpo caliente.

Mientras instalaba el reloj del riego automático he descubierto que las hormigas habían regresado al campo de batalla de la terraza, iban de aquí para allá con absoluta desenvoltura, diminutas e irónicas, sabedoras de qué gigante volverá a ser derrotado.

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