domingo, 28 de abril de 2013

Dieciséis años

Todavía dormía cuando ha sonado el teléfono a las nueve de la mañana. Era mi hijo de dieciséis años llamándome para que fuese a buscarlo a Binaced, un pueblo en fiestas a pocos kilómetros de aquí donde ha pasado la noche. Llovía mansamente sobre el cristal de la claraboya. Me he vestido de cualquier manera y todavía somnoliento, sin lavarme los dientes ni peinarme, he bajado al garaje y he salido a la carretera. El cielo gris resaltaba el rojo de las amapolas y el verde vibrante de los campos de cebada. Carlos me esperaba en un portal de las afueras cubierto con la capucha de la sudadera, los pantalones muy caídos. El pueblo parecía desierto. He girado en la misma calle y hemos regresado a Binéfar. "¿Qué tal ha ido la noche?", le he preguntado. "Bien, bueno, normal", me ha contestado. El campo estaba más bonito que nunca.

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