martes, 2 de septiembre de 2014

Popa

Agosto de dos mil catorce desaparece por la popa.  Soy consciente de que no volverá a suceder jamás pero ya no me preocupa: si la fortuna me acompaña viviré otros veranos -veinte, tal vez treinta, cuarenta con mucha suerte-,  y si no me acompaña afrontaré mi destino con la misma valentía o estoicismo con que miles de millones lo enfrentaron antes.

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La otra noche tuve un sueño muy vívido e inquietante.  Por la mañana escribí lo siguiente: «A pesar de las nubes la luna llena ilumina la playa donde intentamos conciliar el sueño.  Somos un grupo de supervivientes durmiendo sobre la arena pero yo estoy despierto tumbado boca arriba, por eso veo los grandes bombarderos que nos sobrevuelan en un silencio imaginario.  Son tan enormes que por un momento me hacen pensar en naves extraterrestres, aunque yo sé bien que son humanas, sé bien a dónde se dirigen y cuál es su propósito: destruir a los decapitadores.»

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La semana pasada tuve consulta con mi psiquiatra.  Me redujo el antidepresivo a la mitad y, si todo sigue yendo bien, tal vez acabe el año sin tomar nada.  Oh, cuánto deseo dejar atrás definitivamente el cabo de Hornos.

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Alrededor de las farolas de la calle revolotean dos pequeños murciélagos atrapando los insectos que se sienten irremediablemente atraídos por la luz.

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