viernes, 14 de febrero de 2014

Almas de paso

Preparo las partituras para ir al ensayo del coro. Las últimas dos semanas no he podido asistir y me siento un poco nervioso, víctima de cierto sentimiento de culpabilidad impropio de alguien de mi edad. Mientras busco y ordeno las obras escucho los sonidos del edificio: los garbosos tacones de la vecina de arriba, el ruido de la ducha de mis vecinos de la izquierda. Saber que todos los habitantes de esta casa vivimos de alquiler me hace pensar en ellos, injustamente, de un modo distinto al que lo haría si fuesen propietarios; de alguna manera les imagino víctimas de la fortuna y la aventura, almas de paso, protagonistas de una vida, no sé, un poco distinta. Pero el tiempo se me está echando encima. Treinta kilómetros de carretera nocturna me separan de una amplia sala entarimada con un piano y un espejo tan grande como toda la pared. Tengo ganas de ver a mis amigos, tengo ganas de cantar a su lado y después, en su compañía, tomar una copa en el Chanti y hablar apasionadamente y reír y volver a cantar si hace falta como si sólo viviésemos una vez.

jueves, 13 de febrero de 2014

Nada más descomunal

En los respaldos de las sillas hay calcetines y calzoncillos puestos a secar porque no he querido poner en marcha la secadora para tan poca cosa. Sobre la mesa, además del portátil en el que escribo, un aparato para medir la tensión arterial, mis gafas, una botella de Cutty Sark, un vaso de whisky con hielo y dos libros: El día de la independencia de Richard Ford, que estoy releyendo con inmenso placer, y una guía de árboles de la editorial Grijalbo. En el interior del libro de Ford guardé en su día las páginas plegadas de un suplemento literario del 4 de septiembre de 1999 donde se entrevistaba al escritor. El reportaje se titulaba «El realismo de Richard Ford». Admiro profundamente el realismo: él lo contiene todo, incluso su contrario; no hay nada más difícil, nada más descomunal.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Personas mejores

El sonido del teléfono me hace caer en la cuenta de las horas que he pasado en silencio. Mi directora del coro estaría contenta porque no hay nada mejor para la voz que el descanso vocal, y yo no he articulado un solo sonido desde que salí del trabajo. La llamada es de mi hija, que me cuenta que va a estudiar la prueba teórica del carnet de conducir en Barcelona con vistas a hacer las prácticas aquí en Barbastro el verano próximo. Me dice que se lo pagará ella con lo que ha ahorrado trabajando algunas noches en la guardarropía de una discoteca. A mí todo me parece bien, claro, Paula es uno de los seres humanos más inteligentes que he conocido jamás. Al colgar pienso durante un instante en lo extraordinario que es traer a este mundo personas mejores que sus progenitores, pero casi inmediatamente comprendo que ése es el secreto de nuestra supervivencia.

martes, 11 de febrero de 2014

Vulgar y extraordinaria y patética

Después de dos ataques muy seguidos la semana pasada, siempre en el trabajo, he vuelto a tomar ansiolíticos. Bueno, sólo una pastilla de Lorazepam por la mañana, antes de salir de casa. Al principio me sentía mal conmigo mismo porque estaba orgulloso de haberlo dejado después de Navidad, pero el otro día mi hermano Javier me dijo por teléfono que en la vida había muchas cosas más importantes de las que sentirse orgulloso, y tenía razón. Como he repetido tantas veces (con insistencia sospechosa, ahora me doy cuenta) no quiero darle más importancia: el hecho es que desde que he vuelto a la medicación no he recaído y trabajo más tranquilo, más relajado dentro de lo que cabe. La otra opción era coger la baja por enfermedad y eso es lo último que quiero.

Hoy un hombre enfermo de cáncer al que le han extirpado casi todo el sistema digestivo y debe alimentarse a través de una sonda -he recordado a mi suegro, he recordado a Claudio Abbado- se ha echado a llorar tímidamente al otro lado de mi mesa, y si yo he podido ayudarle ha sido gracias a la píldora que había tomado con un vaso de zumo en el desayuno. Le he informado sobre las pensiones de invalidez y sobre las pensiones de viudedad, que es lo que en realidad él quería preguntar.  Una vez satisfechas sus dudas se ha recompuesto con el valor y la elegancia de los mejores, se ha levantado de la silla, me ha dado las gracias, nos hemos estrechado la mano y se ha ido.

Es posible que acabe convirtiéndome en un adicto al Lorazepam, no lo sé y espero que no suceda, lo que sí sé desde hace mucho tiempo es que soy adicto al conmovedor e increíble espectáculo de la naturaleza humana en toda su vulgar y extraordinaria y patética y heroica y frágil y mortal y eterna expresión.

lunes, 10 de febrero de 2014

La alcachofa de la ducha

Pasan los días sin aspectos reseñables. Hoy comí restos del menú de ayer. Hablé por teléfono con mi padre. Durante el paseo nocturno compré un nuevo soporte para la alcachofa de la ducha. Hacía mucho frío y era agradable sentirlo en el rostro, el cuello del abrigo subido hasta arriba del todo, las manos en los bolsillos. Diez de febrero ya. El invierno, desgraciadamente, no durará siempre.

domingo, 9 de febrero de 2014

Escrito antes

Tarde de lluvia suave
sobre los tejados
y los coches
y el asfalto de la calle.

Después de tantos años
cada vez que
escribo una palabra
-tarde, lluvia, suave-
siento la certeza de
haberla escrito antes
muchas veces.

Lo único que me redime
de semejante delito
es saber, con certeza absoluta,
que eso es algo que
no sucederá siempre.

sábado, 8 de febrero de 2014

Bofetadas

Lo peor, lo más indignante y aun humillante para nosotros, ciudadanos normales que trabajamos lo mejor que sabemos, pagamos impuestos y sacamos adelante a nuestras familias cumpliendo la ley y educando a nuestros hijos en el valor de la honestidad; lo más humillante, digo, es que nos tomen por idiotas con tal desfachatez, sin disimulo, sin ruborizarse, sin paliativos. Y este cinismo descarnado no se da solamente en el caso de la hija del Rey, también se exhibe en las muchas tramas corruptas de partidos políticos y sindicatos que este desolador país nuestro alumbra un día sí y otro también. Tantos insultos a nuestra inteligencia duelen como si fuesen bofetadas.