viernes, 14 de febrero de 2014

Almas de paso

Preparo las partituras para ir al ensayo del coro. Las últimas dos semanas no he podido asistir y me siento un poco nervioso, víctima de cierto sentimiento de culpabilidad impropio de alguien de mi edad. Mientras busco y ordeno las obras escucho los sonidos del edificio: los garbosos tacones de la vecina de arriba, el ruido de la ducha de mis vecinos de la izquierda. Saber que todos los habitantes de esta casa vivimos de alquiler me hace pensar en ellos, injustamente, de un modo distinto al que lo haría si fuesen propietarios; de alguna manera les imagino víctimas de la fortuna y la aventura, almas de paso, protagonistas de una vida, no sé, un poco distinta. Pero el tiempo se me está echando encima. Treinta kilómetros de carretera nocturna me separan de una amplia sala entarimada con un piano y un espejo tan grande como toda la pared. Tengo ganas de ver a mis amigos, tengo ganas de cantar a su lado y después, en su compañía, tomar una copa en el Chanti y hablar apasionadamente y reír y volver a cantar si hace falta como si sólo viviésemos una vez.

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