martes, 11 de febrero de 2014

Vulgar y extraordinaria y patética

Después de dos ataques muy seguidos la semana pasada, siempre en el trabajo, he vuelto a tomar ansiolíticos. Bueno, sólo una pastilla de Lorazepam por la mañana, antes de salir de casa. Al principio me sentía mal conmigo mismo porque estaba orgulloso de haberlo dejado después de Navidad, pero el otro día mi hermano Javier me dijo por teléfono que en la vida había muchas cosas más importantes de las que sentirse orgulloso, y tenía razón. Como he repetido tantas veces (con insistencia sospechosa, ahora me doy cuenta) no quiero darle más importancia: el hecho es que desde que he vuelto a la medicación no he recaído y trabajo más tranquilo, más relajado dentro de lo que cabe. La otra opción era coger la baja por enfermedad y eso es lo último que quiero.

Hoy un hombre enfermo de cáncer al que le han extirpado casi todo el sistema digestivo y debe alimentarse a través de una sonda -he recordado a mi suegro, he recordado a Claudio Abbado- se ha echado a llorar tímidamente al otro lado de mi mesa, y si yo he podido ayudarle ha sido gracias a la píldora que había tomado con un vaso de zumo en el desayuno. Le he informado sobre las pensiones de invalidez y sobre las pensiones de viudedad, que es lo que en realidad él quería preguntar.  Una vez satisfechas sus dudas se ha recompuesto con el valor y la elegancia de los mejores, se ha levantado de la silla, me ha dado las gracias, nos hemos estrechado la mano y se ha ido.

Es posible que acabe convirtiéndome en un adicto al Lorazepam, no lo sé y espero que no suceda, lo que sí sé desde hace mucho tiempo es que soy adicto al conmovedor e increíble espectáculo de la naturaleza humana en toda su vulgar y extraordinaria y patética y heroica y frágil y mortal y eterna expresión.

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