miércoles, 15 de enero de 2014

Una dirección, un propósito

He salido a dar un paseo cuando ya había oscurecido, un pie delante del otro sin dirección precisa, girando en esta o en aquella esquina porque sí, camino de ninguna parte disfrutando del frío, la mente derivando de un pensamiento a otro con la misma ausencia de propósito que mis zapatos. Cuando me he querido dar cuenta estaba entre una plaza de toros que apenas se utiliza y una antigua iglesia renacentista desacralizada. En esta última asistí hace más de diez años a la presentación de un libro de poemas que después, por ser yo miembro del jurado de los premios literarios de la ciudad, acabó con una inesperada invitación a cenar junto a la escritora en cuestión y algunos comensales más. Fue una de mis últimas incursiones en ese mundo que tanto me decepcionó. Toda la juventud deseando ser escritor para descubrir que, además de escribir, había que ser un absoluto gilipollas para prosperar en ese ecosistema. Qué lejano y remoto me ha parecido todo aquello esta noche. Comenzaba a lloviznar de nuevo y he decidido regresar a casa un pie delante del otro, las manos en los bolsillos del abrigo, el frío en el rostro, una dirección, un propósito.

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