jueves, 16 de enero de 2014

La mirada de un animal salvaje

El otro día Carlos nos contó que había vuelto a ver la raposa. Mi hijo estudia en una residencia a seis kilómetros de Huesca en medio del campo. Frente a sus puertas hay una zona de hierba con mesas de madera donde los chicos salen a almorzar y fumar un cigarrillo. El caso es que suelen tirar restos de comida y la fauna de los alrededores acude para dar cuenta del regalo. Carlos ya había sorprendido a ese mismo animal en ocasiones anteriores pero el otro día se alejó unos metros para mear y de pronto, cuando ya había empezado, la vio en la ladera de enfrente. Nos contó que estaba muy cerca y, al contrario que otras veces, la raposa no se espantó sino que se le quedó mirando fijamente, las orejas alerta, los ojos amarillos fijos en el adolescente que expulsaba un chorro humeante en el frío de la mañana. Nuestro hijo nos dijo que lo que verdaderamente le impresionó fue la naturaleza de su mirada, no tenía nada que ver con la de un perro doméstico, era algo muy diferente, dijo, la mirada de un animal salvaje, una mirada tan desconfiada e inteligente que casi parecía humana. Calibraba el riesgo, nos contó, y supo que él, en aquellas circunstancias, no era un peligro para ella, así que se detuvo unos segundos para examinarle y después desapareció.

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