lunes, 27 de enero de 2014

Los años, los días

Vivir en un lugar es muy distinto a trabajar en él, esto es algo que constato cada día. Durante muchos años conducía desde Binéfar hasta aquí, atendía personas al otro lado de mi mesa y al terminar volvía a salir a la carretera de regreso a casa. No conocía el silencio nocturno de las calles de Barbastro, no conocía el ajetreo comercial de los sábados ni tampoco las campanadas de su catedral gótica anunciando la misa mayor del domingo durante nuestros paseos por las callejuelas del Entremuro. Conocía, eso sí, a mucha gente que me saluda cada dos por tres en el supermercado o cuando camino por la calle, lo cual no me molesta en absoluto, claro, ni siquiera si en alguna ocasión me paran para hacerme alguna consulta, es agradable echar una mano si se tiene la oportunidad de hacerlo.

A veces, como me sucedía en Binéfar, siento cierto vértigo ante la pregunta de siempre: ¿cómo demonios he acabado viviendo en esta ciudad? De acuerdo, sé racionalmente que tal cosa es el fruto de mis decisiones, desde luego, pero, al mismo tiempo, no sé, tengo la sensación clara, intensa, de haber sido arrastrado de algún modo por el azar, por la corriente de las edades, los años, los días, las noches como ésta.

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