lunes, 20 de enero de 2014

Claudio Abbado, In Memoriam

He comido con tres amigas muy queridas. Después hemos dado un paseo por la pequeña ciudad y hemos tomado algo en una cafetería. Hacía frío en la calle. Cuando nieva en las montañas el aire que alcanza el somontano llega gélido y con sabor a hielo.

Al regresar a casa me he enterado de la muerte de Claudio Abbado, uno de mis directores de orquesta preferidos. Tenía ochenta años, una edad que, en opinión de la mayoría de los doctores que le trataron un agresivo cáncer de estómago en 2000, era muy improbable que cumpliera. Pero sobrevivió y resucitó cambiado, aéreo de tan flaco, intenso pero amable, humilde, tímido, más sabio y dispuesto a entregarse a la música desde el conocimiento renovado de lo que merece realmente la pena. En internet pueden encontrarse muchos de sus conciertos y, aunque la música es sonido y silencio más allá de la imagen, es maravilloso contemplar a Abbado dirigiendo una orquesta, el característico movimiento de su mano izquierda abierta en abanico, la batuta levitando verticalmente entre el pulgar y el corazón de la derecha y, sobre todo, la expresión de su rostro. Los cantantes de coro sabemos cuan importante es la expresión corporal y facial de quien nos dirige: Abbado era capaz de dirigir con el rostro, con la boca, con los ojos que a menudo cerraba como si quisiera disolverse en el poder de la belleza.

En la red pueden verse y escucharse muchos conciertos suyos enteros, mis favoritos son el Réquiem de Verdi que dirigió en 2002, agotado tras las operaciones que le habían dejado prácticamente sin sistema digestivo, casi despidiéndose del mundo; la novena de Mahler -ese adagio que detiene el corazón-, y el Réquiem de Mozart que dirigió en homenaje a su maestro Karajan, tan distinto de él y a quien sustituyó frente a la Filarmónica de Berlín en 1989 tras votación secreta de los músicos.

Siempre he pensado que la música es un refugio ante la intemperie del destino humano, no un consuelo sino un acto de valor y esperanza, la manifestación más pura del espíritu de nuestra estirpe. Que el peso de la tierra le sea leve.

10 comentarios: